EL ÚLTIMO ZAPATERO DE PAZ DE RÍO:
HOMENAJE A UN OFICIO QUE RESISTE
El arte del remendón
Al
igual que en todos los pueblos de antaño, Paz de Río albergó con orgullo
una noble profesión: la zapatería artesanal. Durante décadas, este oficio fue
ejercido por hábiles artesanos que, entre suelas, tacones, zapatos viejos y
pedazos de cuero, daban nueva vida al calzado de sus vecinos. Era una labor que
requería paciencia, destreza y, sobre todo, una imaginación prodigiosa para
“ver lo imposible y hacerlo posible”.
El
oficio de zapatero remendón alcanzó su auge entre los años sesenta y ochenta,
cuando los talleres eran comunes en cada esquina del pueblo. Sin embargo, con
el paso del tiempo, esta tradición fue quedando en el olvido, amenazada por la
industrialización y el consumo masivo de productos fabricados en serie.
El oficio y su técnica
El
trabajo del zapatero consistía en mucho más que coser un zapato roto. Entre sus
tareas estaban la fabricación de plantillas, la creación de orificios en el
cuero para los cordones, la sustitución de tacones y suelas, y la reparación de
los desgastes producidos por el uso diario.
Aplicaban
betún, pulían con cepillos de cerdas gruesas y abrillantaban el calzado hasta
dejarlo como nuevo. En sus talleres se mezclaban el olor del cuero, el sonido
metálico del martillo y el brillo del betún recién aplicado: una sinfonía
artesanal que hoy resulta casi olvidada.
En
la actualidad, ya no existen escuelas ni institutos donde aprender este arte.
Los conocimientos se transmitían por observación, de maestro a aprendiz, en una
relación basada en la paciencia y el ejemplo. Así, cada zapatero era, en cierta
forma, heredero de una tradición oral y manual que se forjaba con la práctica.
Don Carmelo Díaz: el último
zapatero
Entre
los últimos guardianes de este oficio se encontraba don Carmelo Díaz,
recordado con cariño por los habitantes de Paz de Río. Hombre pausado,
sereno y trabajador, dedicó su vida a reparar los zapatos de su comunidad.
Inició su labor a los 23 años, vendiendo materiales a otros zapateros y, poco a
poco, formó su propio taller, donde trabajó hasta avanzada edad.
Según
contaba, los materiales y las técnicas habían cambiado mucho: “Ya casi no se
usa el clavo ni la tachuela como antes. Ahora todo es con aguja y cemento”,
solía decir con nostalgia.
A
pesar de la disminución en los encargos, don Carmelo mantenía fieles clientes.
Eran, sobre todo, hombres y mujeres que aún valoraban un buen zapato de cuero y
preferían repararlo antes que desecharlo. Con su aguja e hilo, continuó
trabajando hasta sus últimos días, demostrando que la pasión por el oficio no
se mide en modas ni en ganancias.
Los maestros de ayer
Antes
de don Carmelo, Paz de Río tuvo grandes zapateros que dejaron huella: don
Ignacio Rincón, don Jesús “Chucho” Durán, don Eduardo Estupiñán,
don Siervo Miranda y Messie Boula, un europeo —probablemente
francés— que llegó huyendo de la Segunda Guerra Mundial.
Cada
uno de ellos y algunos que se me olvidan contribuyó a forjar la historia del
pueblo a través de su trabajo. Se cuenta que don Ignacio Rincón era uno
de los más populares y también protagonista de algunas anécdotas curiosas. En
una ocasión, un futbolista local le pidió reparar sus guayos. Al ver los
taches, don Ignacio, sin saber para qué servían, los consideró un defecto y
decidió quitarlos. Al entregar el calzado, orgulloso, exclamó: “Le quité
esos turupes para que juegue mejor”. Desde entonces, aquella historia se
convirtió en una leyenda risueña entre los vecinos.
Otras
anécdotas hablaban de zapatos que nunca fueron reclamados, pares intercambiados
por error o calzados imposibles de reparar por el mal olor o la dureza del
cuero. Cada suceso, aunque trivial, refleja la cercanía entre el zapatero y su
comunidad: un vínculo humano y cotidiano que trascendía la simple reparación.
La zapatería hoy: un oficio en
vías de extinción
La
zapatería artesanal ya no ocupa el lugar que tuvo antaño. En tiempos pasados,
era común encontrar un taller en cada barrio; hoy, apenas sobreviven unos pocos
artesanos que continúan remendando zapatos, bolsos o cinturones.
A
medida que el país se industrializó, menos personas acudieron a los talleres.
Sin embargo, para quienes conservan el gusto por lo hecho a mano, reparar sigue
siendo un acto de resistencia frente a la cultura del descarte.
Don
Carmelo solía decir: “Aunque ya casi nadie repara sus zapatos, siempre hay
alguien que necesita volver a andar con los suyos. Mientras eso pase, el
zapatero no muere”.
Homenaje y memoria
Hoy,
este texto rinde homenaje a don Carmelo Díaz, el último zapatero de Paz
de Río, y a todos los artesanos que con sus manos dieron forma a los pasos
de generaciones enteras. Su oficio fue mucho más que un medio de sustento: fue
una expresión de paciencia, ingenio y amor por el detalle.
Recordarlos
es mantener viva una parte esencial de la historia local de paz de Rio,
especialmente a la sociedad de la época. El medio del recuerdo aún se escucha
el eco de los martillos, el aroma del betún y la textura del cuero, aún se
escucha el alma de un pueblo de esa gente que vio antaño y de niños que caminó
gracias al arte silencioso de sus zapateros…
JOSUE
MARTINEZ -PAZ DE RIO
NOV
2025