Hay oficios que
parecen pequeños, casi invisibles, como esas brasas que arden bajo la ceniza
sin hacer ruido. Y, sin embargo, cuando alguien remueve el polvo, el fuego
surge con una obstinación antigua. Ser monaguillo en Paz de Río pertenece
justamente a esa clase de oficios: discretos en apariencia, intensos en
significado. Un papel que a primera vista podría parecer decorativo —un niño
con sotana roja y roquete blanco moviéndose entre cirios y cálices— termina
convirtiéndose, con el paso de los años, en una suerte de rito iniciático, una
educación sentimental envuelta en olor a cera derretida.
La tradición
católica ha insistido en que el acólito “coopera directamente en la acción
sagrada”. Pero en Paz de Río, Boyacá, la definición siempre quedó corta. Allí,
en ese valle donde las montañas parecen vigilar hasta los murmullos, el
monaguillo fue más que un ayudante del sacerdote: fue aprendiz de ceremonias,
guardián de objetos sagrados, asistente administrativo, experto en campanas,
cantor improvisado, cómplice de travesuras y, por momentos, confidente
involuntario de las intrigas parroquiales.
Quizá valga
preguntarse —ya que el pueblo todavía recuerda con nostalgia sus antiguas procesiones—
¿por qué un simple oficio infantil logró echar raíces tan profundas en la
identidad del municipio? Tal vez porque, en una comunidad donde la Iglesia era
el corazón social, servir en el altar equivalía a colocar un pie en el centro
mismo del mundo. O tal vez porque, en una época con pocas distracciones, el
sonido de una campana tocada por manos temblorosas valía más que cualquier
pantalla digital de hoy.
Sea cual sea la
razón, la historia de los acólitos de Paz de Río es una historia de disciplina
y risa, de solemnidad y travesura, de respeto y picaresca. Una antítesis
perfecta: el incienso elevándose con serenidad mientras, bajo el altar, un
grupo de niños planeaba su próxima broma.
Aquí empieza,
entonces, esta reconstrucción de memoria; no para santificar a los
protagonistas, sino para devolverles su estatura humana.
Las raíces de una tradición: Paz de Río entre sotanas y
campanas
En la década de
1950, cuando la Iglesia de la Santísima Trinidad abrió sus puertas recién
construidas, Paz de Río dio inicio a uno de sus capítulos litúrgicos más
vibrantes. Las familias humildes, muchas dedicadas a la minería y al comercio
local, enviaban a sus hijos al servicio del altar no solo por devoción, sino
por algo mucho más práctico: allí se aprendía el valor del orden, el respeto y
la responsabilidad… además de recibir un sueldo que, aunque simbólico, para un
niño podía sentirse como un tesoro.
Los monaguillos
entraban al grupo entre los ocho y los doce años. Llegaban pequeños, tímidos,
mirando los ornamentos con la misma mezcla de fascinación y miedo con que un
aprendiz observa la caja de herramientas de un maestro. Con el tiempo, sus
pasos se volvían seguros, casi coreografiados, como si un metrónomo invisible
marcara cada gesto.
Paz de Río —tan
frío al amanecer como ardiente en sus lealtades religiosas— moldeó a cientos de
niños bajo una disciplina peculiar: firme, casi marcial, pero también
impregnada de humanidad. El sacristán era la figura del maestro severo; el
sacerdote, la autoridad suprema; y los mayores del grupo, esos líderes que todo
niño observa con admiración y un toque de rebeldía.
Un oficio vigilado por el silencio
En la liturgia,
el silencio no es ausencia de sonido: es un campo minado donde hasta el roce de
una sandalia puede desatar un sermón. Por eso los acólitos desarrollaban una
habilidad que hoy envidiaría cualquier agente secreto: escuchar instrucciones
en voz baja, interpretar miradas y mover objetos sin que el más mínimo ruido
rompiera la solemnidad.
Y, aun así,
como toda regla estricta, esta producía su contraparte inevitable: el error
gracioso, el regaño teatral, la risa contenida detrás del cirial. Porque la
liturgia de Paz de Río, aunque impecable, siempre tuvo ese toque de humanidad
que la hacía entrañable.
Entre cálices y
campanas: las tareas que construían carácter
Ser monaguillo
no era un juego simbólico. Exigía memoria, coordinación y una concentración
que, a veces, superaba las capacidades de un niño con la cabeza llena de
hormigas. La preparación del altar parecía un ballet ritualizado: vinajeras
alineadas como soldados diminutos, el purificador doblado con precisión
geométrica, la toalla lista para el lavabo, el cirio pascual esperando como un
guardián de fuego.
Los objetos
sagrados no eran simples utensilios; tenían un aura que imponía respeto. El
acetre, el hisopo, la lámpara del santuario, el incensario humeante… todos
ellos formaban parte de un universo simbólico que los niños aprendían como
quien descubre un idioma antiguo.
Guardianes del sonido del pueblo
En un municipio
donde la campana era la red social antes de que existieran las redes sociales,
su manejo era un oficio sagrado. Los toques marcaban bautizos, bodas,
funerales, incendios o tempestades. Un doble mal dado durante un funeral podía
convertirse en tragedia emocional; un repique fuera de tiempo en una boda podía
desatar susurros de mal presagio.
No es extraño,
entonces, que los monaguillos insistieran en dominar cada toque como si se
tratara de un arte marcial sonoro. Aunque, como veremos más adelante, el
destino —o la torpeza infantil— tenía otros planes.
La sotana: símbolo, orgullo y travesía
La sotana roja
y el roquete blanco eran la armadura de los acólitos. Para un niño campesino de
los años cincuenta o sesenta, llevar ese atuendo equivalía, de alguna manera, a
sentirse distinto, elevado, parte de un mundo que estaba más allá de las
dificultades cotidianas.
La antítesis
era evidente: un niño que en su casa corría descalzo o ayudaba a cargar carbón,
vestido ahora como pequeño príncipe del altar. Ese contraste daba a la
experiencia una carga emocional que muchos nunca olvidaron.
El padre Muñoz,
figura querida en la memoria parroquial, solía regalar sotanas a los acólitos
más aplicados. Un gesto simple, pero decisivo: más de uno, al enfundarse la
tela roja, creyó sentir la vocación sacerdotal surgiendo como una llama
inesperada.
El aprendizaje
humano: animadores, sacerdotes y el carácter del sacristán
Detrás de cada
niño había un guía: un animador o un sacerdote que, con paciencia a veces
inquebrantable y otras veces claramente vencida, moldeaba el espíritu del
grupo. El padre Morales, con su Toyota desgastado; el padre Salvador Porras,
con su sensibilidad pastoral; el padre Muñoz, con sus sotanas regaladas. Todos
dejaron huella.
Pero ninguno
marcó tanto como el sacristán. Don Isaacs, por ejemplo, cuya fama de severidad
recorría el municipio como un viento helado. Su manera de enseñar era tan
directa que muchos años después sus exmonaguillos recuerdan sus frases como si
hubieran sido esculpidas en granito.
Era temido y
respetado. Una figura que representaba el orden absoluto… lo cual, por
supuesto, despertaba las tentaciones de rebeldía más creativas que la infancia
puede producir.
Anécdotas: el alma risueña de la memoria
La memoria
colectiva de los acólitos no está hecha solo de liturgia. Está hecha, sobre
todo, de historias que parecen pequeñas, pero que cincelan el carácter de una
generación.
Aquí reviven,
pulidas pero fieles, algunas de las más queridas.
Los ciriales
chocando como espadas medievales
Carlos recuerda
las procesiones donde los ciriales avanzaban con solemnidad… y terminaban
chocando como espadas de caballeros descoordinados. El sacerdote fruncía el
ceño; los niños se tragaban la risa hasta que, fuera de la vista del padre, la
risa brotaba como un río reprimido.
El campanazo
equivocado que alarmó al pueblo
Un acólito tocó
la campana el tercer toque y se equivocó el deje, todos los fieles corriendo
hacia el atrio con un ritmo tan extraño
que el sacerdote Morales, que estaba en el parque, salió disparado hacia la
iglesia como si hubiera escuchado un presagio. Doña Rebequita, alma feligresa,
llegó acezando en el atrio casi asustada al mismo tiempo. El regaño fue público
del curita, teatral y recordado durante años.
El vino
consagrado que desapareció misteriosamente
Angarita tuvo
la brillante idea —brillante como solo puede serlo la ingenuidad infantil— de
probar el vino de consagrar en ausencia de don Isaacs y el curita El
experimento terminó con media botella vacía y una frase célebre del sacristán y
todos jartos:
—¡Miserables!
¡Se hartaron el vino para la Misa! ¡Y ahora que le decimos al padre!
Los acólitos
aprendieron con resaca, dos lecciones: que el vino era fuerte… y que la ira del
sacristán lo era aún más.
El perifoneo en el
Toyota del padre Morales
El viejo Toyota
del padre morales recorría calles y veredas anunciando bazares, empanadas
bailables y bingos parroquiales. Para los acólitos, aquello era una aventura
digna de novela. Viajar en ese vehículo era, literalmente, subirse al escenario
móvil de la vida comunitaria.
El salario de dos
pesos
Dos pesos. Una
cifra modesta, pero para los acólitos equivalía a una fortuna microscópica. Lo
recibían con alegría, como si el esfuerzo de mantener el cirial en alto hubiera
sido reconocido por la economía divina.
La mecha en el badajo de la campana
Un monaguillo en navidad, travesura y pólvora:
una combinación explosiva. Los acólitos colocaron una mecha en el badajo para
asustar al sacristán. Cuando la campana estalló, don Isaacs lanzó un “¡Dios
mío!” que resonó más fuerte que la explosión. Los niños huyeron entre
carcajadas; el pueblo entero recordó la historia durante décadas.
Las sotanas
prestadas del padre Muñoz
Un acolito a
veces se disfrazaba, una sotana prestada del curita. cuando no estaba el sacristán,
Años después, ingresó al seminario. ¿Fue la prenda la que encendió la vocación?
Es posible. A veces basta una tela roja y un gesto de confianza para cambiar el
destino de un niño.
Camilo, el acólito
convertido en animador
Camilo empezó
siendo niño del altar y terminó guiando a otros. “Uno no sale igual de como
entra”, decía. La experiencia lo marcó con una mezcla de disciplina,
espiritualidad y compañerismo que aún hoy —convertido en adulto— lleva consigo.
Las luces navideñas y los villancicos desde la torre
Bombillos
verdes y rojos, villancicos antiguos que sonaban desde la torre como un eco del
pasado, el pesebre armado a pulso, la caja de galletas Gloria y la botella de
vino que el sacerdote regalaba cada Nochebuena. Parecía un ritual sencillo,
pero para los acólitos era una especie de coronación: la fiesta después del
esfuerzo.
Conclusión: el eco de una campana que nunca termina de
apagarse
La historia de
los acólitos de Paz de Río no es solo la historia de un grupo de niños ayudando
en Misa. Es la historia de una comunidad entera reflejada en miniatura: sus
valores, su disciplina, su humor, su forma de entender el mundo.
En sus
anécdotas conviven dos fuerzas que suelen caminar por caminos opuestos: la
solemnidad y la travesura, la fe profunda y la risa espontánea, la tradición
inmutable y la infancia rebelde. Como un incensario cuyo humo sube al cielo
mientras, abajo, los acólitos se guiñan el ojo.
Quienes fueron
monaguillos recuerdan ese tiempo como un hogar dentro del hogar. Un lugar donde
se aprendía a respetar el altar, a leer en público, a trabajar en equipo, a
convivir con el silencio y, por supuesto, a sobrevivir a los regaños del sacristán.
Hoy, cuando
niñas y niños pueden participar por igual, la tradición permanece. La sotana
sigue siendo símbolo, el cirial sigue siendo guía y la campana continúa
marcando la vida del pueblo. Y aunque el tiempo pase, su historia merece seguir
contándose; no para idealizarla, sino para recordarnos que incluso en los
oficios más modestos se esconde un mundo entero.
La memoria de
los acólitos de Paz de Río —esa mezcla de humo, fe y carcajadas— seguirá
resonando, como una campana que, mucho después de haber sido tocada, todavía
deja vibraciones en el aire.
JOSUE MARTINEZ-
PAZ DE RIO. DIC 2025