miércoles, 10 de diciembre de 2025

LOS ACÓLITOS DE PAZ DE RÍO: ENTRE EL HUMO DEL INCIENSO Y LA MEMORIA DEL PUEBLO

 

Hay oficios que parecen pequeños, casi invisibles, como esas brasas que arden bajo la ceniza sin hacer ruido. Y, sin embargo, cuando alguien remueve el polvo, el fuego surge con una obstinación antigua. Ser monaguillo en Paz de Río pertenece justamente a esa clase de oficios: discretos en apariencia, intensos en significado. Un papel que a primera vista podría parecer decorativo —un niño con sotana roja y roquete blanco moviéndose entre cirios y cálices— termina convirtiéndose, con el paso de los años, en una suerte de rito iniciático, una educación sentimental envuelta en olor a cera derretida.

La tradición católica ha insistido en que el acólito “coopera directamente en la acción sagrada”. Pero en Paz de Río, Boyacá, la definición siempre quedó corta. Allí, en ese valle donde las montañas parecen vigilar hasta los murmullos, el monaguillo fue más que un ayudante del sacerdote: fue aprendiz de ceremonias, guardián de objetos sagrados, asistente administrativo, experto en campanas, cantor improvisado, cómplice de travesuras y, por momentos, confidente involuntario de las intrigas parroquiales.

Quizá valga preguntarse —ya que el pueblo todavía recuerda con nostalgia sus antiguas procesiones— ¿por qué un simple oficio infantil logró echar raíces tan profundas en la identidad del municipio? Tal vez porque, en una comunidad donde la Iglesia era el corazón social, servir en el altar equivalía a colocar un pie en el centro mismo del mundo. O tal vez porque, en una época con pocas distracciones, el sonido de una campana tocada por manos temblorosas valía más que cualquier pantalla digital de hoy.

Sea cual sea la razón, la historia de los acólitos de Paz de Río es una historia de disciplina y risa, de solemnidad y travesura, de respeto y picaresca. Una antítesis perfecta: el incienso elevándose con serenidad mientras, bajo el altar, un grupo de niños planeaba su próxima broma.

Aquí empieza, entonces, esta reconstrucción de memoria; no para santificar a los protagonistas, sino para devolverles su estatura humana.

Las raíces de una tradición: Paz de Río entre sotanas y campanas

En la década de 1950, cuando la Iglesia de la Santísima Trinidad abrió sus puertas recién construidas, Paz de Río dio inicio a uno de sus capítulos litúrgicos más vibrantes. Las familias humildes, muchas dedicadas a la minería y al comercio local, enviaban a sus hijos al servicio del altar no solo por devoción, sino por algo mucho más práctico: allí se aprendía el valor del orden, el respeto y la responsabilidad… además de recibir un sueldo que, aunque simbólico, para un niño podía sentirse como un tesoro.

Los monaguillos entraban al grupo entre los ocho y los doce años. Llegaban pequeños, tímidos, mirando los ornamentos con la misma mezcla de fascinación y miedo con que un aprendiz observa la caja de herramientas de un maestro. Con el tiempo, sus pasos se volvían seguros, casi coreografiados, como si un metrónomo invisible marcara cada gesto.

Paz de Río —tan frío al amanecer como ardiente en sus lealtades religiosas— moldeó a cientos de niños bajo una disciplina peculiar: firme, casi marcial, pero también impregnada de humanidad. El sacristán era la figura del maestro severo; el sacerdote, la autoridad suprema; y los mayores del grupo, esos líderes que todo niño observa con admiración y un toque de rebeldía.

Un oficio vigilado por el silencio

En la liturgia, el silencio no es ausencia de sonido: es un campo minado donde hasta el roce de una sandalia puede desatar un sermón. Por eso los acólitos desarrollaban una habilidad que hoy envidiaría cualquier agente secreto: escuchar instrucciones en voz baja, interpretar miradas y mover objetos sin que el más mínimo ruido rompiera la solemnidad.

Y, aun así, como toda regla estricta, esta producía su contraparte inevitable: el error gracioso, el regaño teatral, la risa contenida detrás del cirial. Porque la liturgia de Paz de Río, aunque impecable, siempre tuvo ese toque de humanidad que la hacía entrañable.

 Entre cálices y campanas: las tareas que construían carácter

Ser monaguillo no era un juego simbólico. Exigía memoria, coordinación y una concentración que, a veces, superaba las capacidades de un niño con la cabeza llena de hormigas. La preparación del altar parecía un ballet ritualizado: vinajeras alineadas como soldados diminutos, el purificador doblado con precisión geométrica, la toalla lista para el lavabo, el cirio pascual esperando como un guardián de fuego.

Los objetos sagrados no eran simples utensilios; tenían un aura que imponía respeto. El acetre, el hisopo, la lámpara del santuario, el incensario humeante… todos ellos formaban parte de un universo simbólico que los niños aprendían como quien descubre un idioma antiguo.

Guardianes del sonido del pueblo

En un municipio donde la campana era la red social antes de que existieran las redes sociales, su manejo era un oficio sagrado. Los toques marcaban bautizos, bodas, funerales, incendios o tempestades. Un doble mal dado durante un funeral podía convertirse en tragedia emocional; un repique fuera de tiempo en una boda podía desatar susurros de mal presagio.

No es extraño, entonces, que los monaguillos insistieran en dominar cada toque como si se tratara de un arte marcial sonoro. Aunque, como veremos más adelante, el destino —o la torpeza infantil— tenía otros planes.

La sotana: símbolo, orgullo y travesía

La sotana roja y el roquete blanco eran la armadura de los acólitos. Para un niño campesino de los años cincuenta o sesenta, llevar ese atuendo equivalía, de alguna manera, a sentirse distinto, elevado, parte de un mundo que estaba más allá de las dificultades cotidianas.

La antítesis era evidente: un niño que en su casa corría descalzo o ayudaba a cargar carbón, vestido ahora como pequeño príncipe del altar. Ese contraste daba a la experiencia una carga emocional que muchos nunca olvidaron.

El padre Muñoz, figura querida en la memoria parroquial, solía regalar sotanas a los acólitos más aplicados. Un gesto simple, pero decisivo: más de uno, al enfundarse la tela roja, creyó sentir la vocación sacerdotal surgiendo como una llama inesperada.

 El aprendizaje humano: animadores, sacerdotes y el carácter del sacristán

Detrás de cada niño había un guía: un animador o un sacerdote que, con paciencia a veces inquebrantable y otras veces claramente vencida, moldeaba el espíritu del grupo. El padre Morales, con su Toyota desgastado; el padre Salvador Porras, con su sensibilidad pastoral; el padre Muñoz, con sus sotanas regaladas. Todos dejaron huella.

Pero ninguno marcó tanto como el sacristán. Don Isaacs, por ejemplo, cuya fama de severidad recorría el municipio como un viento helado. Su manera de enseñar era tan directa que muchos años después sus exmonaguillos recuerdan sus frases como si hubieran sido esculpidas en granito.

Era temido y respetado. Una figura que representaba el orden absoluto… lo cual, por supuesto, despertaba las tentaciones de rebeldía más creativas que la infancia puede producir.

Anécdotas: el alma risueña de la memoria

La memoria colectiva de los acólitos no está hecha solo de liturgia. Está hecha, sobre todo, de historias que parecen pequeñas, pero que cincelan el carácter de una generación.

Aquí reviven, pulidas pero fieles, algunas de las más queridas.

 Los ciriales chocando como espadas medievales

Carlos recuerda las procesiones donde los ciriales avanzaban con solemnidad… y terminaban chocando como espadas de caballeros descoordinados. El sacerdote fruncía el ceño; los niños se tragaban la risa hasta que, fuera de la vista del padre, la risa brotaba como un río reprimido.

El campanazo equivocado que alarmó al pueblo

Un acólito tocó la campana el tercer toque y se equivocó el deje, todos los fieles corriendo hacia el atrio  con un ritmo tan extraño que el sacerdote Morales, que estaba en el parque, salió disparado hacia la iglesia como si hubiera escuchado un presagio. Doña Rebequita, alma feligresa, llegó acezando en el atrio casi asustada al mismo tiempo. El regaño fue público del curita, teatral y recordado durante años.

El vino consagrado que desapareció misteriosamente

Angarita tuvo la brillante idea —brillante como solo puede serlo la ingenuidad infantil— de probar el vino de consagrar en ausencia de don Isaacs y el curita El experimento terminó con media botella vacía y una frase célebre del sacristán y todos jartos:

—¡Miserables! ¡Se hartaron el vino para la Misa! ¡Y ahora que le decimos al padre!

Los acólitos aprendieron con resaca, dos lecciones: que el vino era fuerte… y que la ira del sacristán lo era aún más.

 El perifoneo en el Toyota del padre Morales

El viejo Toyota del padre morales recorría calles y veredas anunciando bazares, empanadas bailables y bingos parroquiales. Para los acólitos, aquello era una aventura digna de novela. Viajar en ese vehículo era, literalmente, subirse al escenario móvil de la vida comunitaria.

 El salario de dos pesos

Dos pesos. Una cifra modesta, pero para los acólitos equivalía a una fortuna microscópica. Lo recibían con alegría, como si el esfuerzo de mantener el cirial en alto hubiera sido reconocido por la economía divina.

 La mecha en el badajo de la campana

Un  monaguillo en navidad, travesura y pólvora: una combinación explosiva. Los acólitos colocaron una mecha en el badajo para asustar al sacristán. Cuando la campana estalló, don Isaacs lanzó un “¡Dios mío!” que resonó más fuerte que la explosión. Los niños huyeron entre carcajadas; el pueblo entero recordó la historia durante décadas.

 Las sotanas prestadas del padre Muñoz

Un acolito a veces se disfrazaba, una sotana prestada del curita. cuando no estaba el sacristán, Años después, ingresó al seminario. ¿Fue la prenda la que encendió la vocación? Es posible. A veces basta una tela roja y un gesto de confianza para cambiar el destino de un niño.

 Camilo, el acólito convertido en animador

Camilo empezó siendo niño del altar y terminó guiando a otros. “Uno no sale igual de como entra”, decía. La experiencia lo marcó con una mezcla de disciplina, espiritualidad y compañerismo que aún hoy —convertido en adulto— lleva consigo.

Las luces navideñas y los villancicos desde la torre

Bombillos verdes y rojos, villancicos antiguos que sonaban desde la torre como un eco del pasado, el pesebre armado a pulso, la caja de galletas Gloria y la botella de vino que el sacerdote regalaba cada Nochebuena. Parecía un ritual sencillo, pero para los acólitos era una especie de coronación: la fiesta después del esfuerzo.

Conclusión: el eco de una campana que nunca termina de apagarse

La historia de los acólitos de Paz de Río no es solo la historia de un grupo de niños ayudando en Misa. Es la historia de una comunidad entera reflejada en miniatura: sus valores, su disciplina, su humor, su forma de entender el mundo.

En sus anécdotas conviven dos fuerzas que suelen caminar por caminos opuestos: la solemnidad y la travesura, la fe profunda y la risa espontánea, la tradición inmutable y la infancia rebelde. Como un incensario cuyo humo sube al cielo mientras, abajo, los acólitos se guiñan el ojo.

Quienes fueron monaguillos recuerdan ese tiempo como un hogar dentro del hogar. Un lugar donde se aprendía a respetar el altar, a leer en público, a trabajar en equipo, a convivir con el silencio y, por supuesto, a sobrevivir a los regaños del sacristán.

Hoy, cuando niñas y niños pueden participar por igual, la tradición permanece. La sotana sigue siendo símbolo, el cirial sigue siendo guía y la campana continúa marcando la vida del pueblo. Y aunque el tiempo pase, su historia merece seguir contándose; no para idealizarla, sino para recordarnos que incluso en los oficios más modestos se esconde un mundo entero.

La memoria de los acólitos de Paz de Río —esa mezcla de humo, fe y carcajadas— seguirá resonando, como una campana que, mucho después de haber sido tocada, todavía deja vibraciones en el aire.

JOSUE MARTINEZ- PAZ DE RIO. DIC 2025

 

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