sábado, 1 de noviembre de 2025

EL ÚLTIMO ZAPATERO DE PAZ DE RÍO: HOMENAJE A UN OFICIO QUE RESISTE

 

EL ÚLTIMO ZAPATERO DE PAZ DE RÍO: HOMENAJE A UN OFICIO QUE RESISTE

 El arte del remendón

Al igual que en todos los pueblos de antaño, Paz de Río albergó con orgullo una noble profesión: la zapatería artesanal. Durante décadas, este oficio fue ejercido por hábiles artesanos que, entre suelas, tacones, zapatos viejos y pedazos de cuero, daban nueva vida al calzado de sus vecinos. Era una labor que requería paciencia, destreza y, sobre todo, una imaginación prodigiosa para “ver lo imposible y hacerlo posible”.

El oficio de zapatero remendón alcanzó su auge entre los años sesenta y ochenta, cuando los talleres eran comunes en cada esquina del pueblo. Sin embargo, con el paso del tiempo, esta tradición fue quedando en el olvido, amenazada por la industrialización y el consumo masivo de productos fabricados en serie.

 El oficio y su técnica

El trabajo del zapatero consistía en mucho más que coser un zapato roto. Entre sus tareas estaban la fabricación de plantillas, la creación de orificios en el cuero para los cordones, la sustitución de tacones y suelas, y la reparación de los desgastes producidos por el uso diario.

Aplicaban betún, pulían con cepillos de cerdas gruesas y abrillantaban el calzado hasta dejarlo como nuevo. En sus talleres se mezclaban el olor del cuero, el sonido metálico del martillo y el brillo del betún recién aplicado: una sinfonía artesanal que hoy resulta casi olvidada.

En la actualidad, ya no existen escuelas ni institutos donde aprender este arte. Los conocimientos se transmitían por observación, de maestro a aprendiz, en una relación basada en la paciencia y el ejemplo. Así, cada zapatero era, en cierta forma, heredero de una tradición oral y manual que se forjaba con la práctica.

 Don Carmelo Díaz: el último zapatero

Entre los últimos guardianes de este oficio se encontraba don Carmelo Díaz, recordado con cariño por los habitantes de Paz de Río. Hombre pausado, sereno y trabajador, dedicó su vida a reparar los zapatos de su comunidad. Inició su labor a los 23 años, vendiendo materiales a otros zapateros y, poco a poco, formó su propio taller, donde trabajó hasta avanzada edad.

Según contaba, los materiales y las técnicas habían cambiado mucho: “Ya casi no se usa el clavo ni la tachuela como antes. Ahora todo es con aguja y cemento”, solía decir con nostalgia.

A pesar de la disminución en los encargos, don Carmelo mantenía fieles clientes. Eran, sobre todo, hombres y mujeres que aún valoraban un buen zapato de cuero y preferían repararlo antes que desecharlo. Con su aguja e hilo, continuó trabajando hasta sus últimos días, demostrando que la pasión por el oficio no se mide en modas ni en ganancias.

Los maestros de ayer

Antes de don Carmelo, Paz de Río tuvo grandes zapateros que dejaron huella: don Ignacio Rincón, don Jesús “Chucho” Durán, don Eduardo Estupiñán, don Siervo Miranda y Messie Boula, un europeo —probablemente francés— que llegó huyendo de la Segunda Guerra Mundial.

Cada uno de ellos y algunos que se me olvidan contribuyó a forjar la historia del pueblo a través de su trabajo. Se cuenta que don Ignacio Rincón era uno de los más populares y también protagonista de algunas anécdotas curiosas. En una ocasión, un futbolista local le pidió reparar sus guayos. Al ver los taches, don Ignacio, sin saber para qué servían, los consideró un defecto y decidió quitarlos. Al entregar el calzado, orgulloso, exclamó: “Le quité esos turupes para que juegue mejor”. Desde entonces, aquella historia se convirtió en una leyenda risueña entre los vecinos.

Otras anécdotas hablaban de zapatos que nunca fueron reclamados, pares intercambiados por error o calzados imposibles de reparar por el mal olor o la dureza del cuero. Cada suceso, aunque trivial, refleja la cercanía entre el zapatero y su comunidad: un vínculo humano y cotidiano que trascendía la simple reparación.

 La zapatería hoy: un oficio en vías de extinción

La zapatería artesanal ya no ocupa el lugar que tuvo antaño. En tiempos pasados, era común encontrar un taller en cada barrio; hoy, apenas sobreviven unos pocos artesanos que continúan remendando zapatos, bolsos o cinturones.

A medida que el país se industrializó, menos personas acudieron a los talleres. Sin embargo, para quienes conservan el gusto por lo hecho a mano, reparar sigue siendo un acto de resistencia frente a la cultura del descarte.

Don Carmelo solía decir: “Aunque ya casi nadie repara sus zapatos, siempre hay alguien que necesita volver a andar con los suyos. Mientras eso pase, el zapatero no muere”.

Homenaje y memoria

Hoy, este texto rinde homenaje a don Carmelo Díaz, el último zapatero de Paz de Río, y a todos los artesanos que con sus manos dieron forma a los pasos de generaciones enteras. Su oficio fue mucho más que un medio de sustento: fue una expresión de paciencia, ingenio y amor por el detalle.

Recordarlos es mantener viva una parte esencial de la historia local de paz de Rio, especialmente a la sociedad de la época. El medio del recuerdo aún se escucha el eco de los martillos, el aroma del betún y la textura del cuero, aún se escucha el alma de un pueblo de esa gente que vio antaño y de niños que caminó gracias al arte silencioso de sus zapateros…

JOSUE MARTINEZ -PAZ DE RIO

NOV 2025

 

1 comentario: